jueves, 24 de abril de 2014

Homenaje a Gabriel García Márquez

Los estudiantes del grado 11° de la institución Educativa Normal Superior Farallones de Cali, en el marco del Festival de la Palabra que se viene realizando desde hace ya varios años, con motivo del Día del idioma, han venido preparando unas actividades en Homenaje a nuestro insigne escritor Gabriel García Márquez. Algunas de ellas se registran en la presente programación:

Agenda:

1. Gabriel García Márquez, visto por los estudiantes (Perfil)

2. Frases de Gabriel García Márquez
3. Lectura de fragmentos de la obra narrativa de Gabriel García Márquez
4. Cuentería: El presagio
5. Obra teatral: El presagio
6. Lectura de Artículo: La escritura: máscara del pensamiento

(El texto en mención es el siguiente)


INSTITUCIÓN EDUCATIVA NORMAL SUPERIOR FARALLONES DE CALI

PROFESOR: Oscar David Buriticá

COMPRENSIÓN DE LECTURA: El Presagio


Les voy a contar, por ejemplo, la idea que me está dando vueltas en la cabeza hace ya varios años y sospecho que la tengo bastante redon­da. Se las cuento ahora, porque seguramente cuando la escriba, no sé cuando, ustedes la van a encontrar completamente distinta y po­drán observar en qué forma evolucionó.

Ima­gínense un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17  y una hija menor de 14 años. Está sirviéndo­les el desayuno a sus hijos y le preguntan qué le pasa, y ella responde: “No sé, pero he ama­necido con el pensamiento de que algo muy grave va a suceder en este pueblo”. Ellos se ríen de ella. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan.

El hijo se va a jugar al billar, y en el mo­mento en que va a tirar una carambola senci­llísima, el adversario le dice: “Te apuesto un peso a que no la haces”. Todos se ríen, él se ríe, tira la carambola y no la hace. Paga el peso y le preguntan: “¿Pero, ¿qué pasó, si era una ca­rambola tan sencilla?” Dice: “Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi mamá esta mañana sobre algo grave que va a suceder en este pueblo”.

Todos se ríen de él y el que se ha ganado el peso regresa a su casa, donde están su mamá y una prima o una nieta, o en fin, cual­quier parienta. Feliz con su peso, dice: “Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla, porque es un tonto”. “¿Y por qué es un tonto?”, le preguntan. El dice: “Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado por la preocupación de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo”.

Entonces le dice la mamá: “No te burles de los presentimientos de los viejos, porque a veces salen”. La parienta lo oye y luego va a com­prar carne. Ella le dice al carnicero: “Vén­dame una libra de carne”. Y en el momento en que está cortando, agrega: “Mejor véndame dos, porque andan diciendo que algo grave va pasar y lo mejor es estar preparado”.

El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice: “Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo grave va a pasar, y se está preparando, y anda comprando cosas”.

Entonces la vieja responde: “Tengo vario­s hijos, mire, mejor deme cuatro libras”, se lleva cuatro libras. Y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra vaca, la vende toda y se va esparciendo el rumor.

Llega el momento en que todo el mundo en el pueblo está esperando que pase algo. Se paralizan las activi­dades y de pronto, a las dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice: “¿Se han dado cuenta del calor que está haciendo?”. “¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!”. Tanto calor, que es un pueblo donde todos los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra por­que si tocaban al sol se les caían los pedazos. Sin embargo -dice uno- nunca a esta hora ha hecho tanto calor”! “¡Pero si a las dos de la tarde es cuando hay más calor”! “Sí, pero no tanto como ahora”.

Al pueblo desierto, a la plaza desierta baja de pronto un pajarito, y se corre la voz: “Hay un pajarito en la plaza”. Y viene todo el mundo espantado a ver el pajari­to. “Pero, señores, siempre ha habido pajaritos que bajan”. “Sí, pero nunca a esta hora”.

Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están deses­perados por irse y no tienen valor de hacerlo. “Yo me voy -grita uno-, yo me voy”. Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde está todo el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en que dicen. “Si éste se atreve a irse, pues nosotros también nos vamos”, y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo.

Se llevan las cosas, los animales, todo. Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice: "Que no venga la desgracia a caer sobre todo lo que queda de nuestra casa”, y entonces incendia la casa y otros incendian otras casas. Huyen en un tremendo y verdadero páni­co, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio cla­mando: “Yo dije que algo muy grave iba pasar y me dijeron que estaba loca”.
(Tomado de Palabra Abierta 4, pág. 110-113, Oxford University Press, 1997)

A CONTINUACIÓN, VIDA Y OBRA DE GABO


Gabriel García Márquez nació en Aracataca (Magdalena), el 6 de marzo de 1927. Creció como niño único entre sus abuelos maternos y sus tías, pues sus padres, el telegrafista Gabriel Eligio García y Luisa Santiaga Márquez, se fueron a vivir, cuando Gabriel sólo contaba con cinco años, a la población de Sucre, donde don Gabriel Eligio montó una farmacia y donde tuvieron a la mayoría de sus once hijos.

Los abuelos eran dos personajes bien particulares y marcaron el periplo literario del futuro Nobel: el coronel Nicolás Márquez, veterano de la guerra de los Mil Días, le contaba al pequeño Gabriel infinidad de historias de su juventud y de las guerras civiles del siglo XIX, lo llevaba al circo y al cine, y fue su cordón umbilical con la historia y con la realidad. Doña Tranquilina Iguarán, su cegatona abuela, se la pasaba siempre contando fábulas y leyendas familiares, mientras organizaba la vida de los miembros de la casa de acuerdo con los mensajes que recibía en sueños: ella fue la fuente de la visión mágica, supersticiosa y sobrenatural de la realidad. Entre sus tías la que más lo marcó fue Francisca, quien tejió su propio sudario para dar fin a su vida.

Gabriel García Márquez aprendió a escribir a los cinco años, en el colegio Montessori de Aracataca, con la joven y bella profesora Rosa Elena Fergusson, de quien se enamoró: fue la primera mujer que lo perturbó. Cada vez que se le acercaba, le daban ganas de besarla: le inculcó el gusto de ir a la escuela, sólo por verla, además de la puntualidad y de escribir una cuartilla sin borrador.


Gabriel García Márquez
En ese colegio permaneció hasta 1936, cuando murió el abuelo y tuvo que irse a vivir con sus padres al sabanero y fluvial puerto de Sucre, de donde salió para estudiar interno en el colegio San José, de Barranquilla, donde a la edad de diez años ya escribía versos humorísticos. En 1940, gracias a una beca, ingresó en el internado del Liceo Nacional de Zipaquirá, una experiencia realmente traumática: el frío del internado de la Ciudad de la Sal lo ponía melancólico, triste. Permaneció siempre con un enorme saco de lana, y nunca sacaba las manos por fuera de sus mangas, pues le tenía pánico al frío.

Sin embargo, a las historias, fábulas y leyendas que le contaron sus abuelos, sumó una experiencia vital que años más tarde sería temática de la novela escrita después de recibir el premio Nobel: el recorrido del río Magdalena en barco de vapor. En Zipaquirá tuvo como profesor de literatura, entre 1944 y 1946, a Carlos Julio Calderón Hermida, a quien en 1955, cuando publicó La hojarasca, le obsequió con la siguiente dedicatoria: "A mi profesor Carlos Julio Calderón Hermida, a quien se le metió en la cabeza esa vaina de que yo escribiera". Ocho meses antes de la entrega del Nobel, en la columna que publicaba en quince periódicos de todo el mundo, García Márquez declaró que Calderón Hermida era "el profesor ideal de Literatura".

En los años de estudiante en Zipaquirá, Gabriel García Márquez se dedicaba a pintar gatos, burros y rosas, y a hacer caricaturas del rector y demás compañeros de curso. En 1945 escribió unos sonetos y poemas octosílabos inspirados en una novia que tenía: son uno de los pocos intentos del escritor por versificar. En 1946 terminó sus estudios secundarios con magníficas calificaciones.

Estudiante de leyes

En 1947, presionado por sus padres, se trasladó a Bogotá a estudiar derecho en la Universidad Nacional, donde tuvo como profesor a Alfonso López Michelsen y donde se hizo amigo de Camilo Torres Restrepo. La capital del país fue para García Márquez la ciudad del mundo (y las conoce casi todas) que más lo impresionó, pues era una ciudad gris, fría, donde todo el mundo se vestía con ropa muy abrigada y negra. Al igual que en Zipaquirá, García Márquez se llegó a sentir como un extraño, en un país distinto al suyo: Bogotá era entonces "una ciudad colonial, (...) de gentes introvertidas y silenciosas, todo lo contrario al Caribe, en donde la gente sentía la presencia de otros seres fenomenales aunque éstos no estuvieran allí".
El estudio de leyes no era propiamente su pasión, pero logró consolidar su vocación de escritor, pues el 13 de septiembre de 1947 se publicó su primer cuento, La tercera resignación, en el suplemento Fin de Semana, nº 80, de El Espectador, dirigido por Eduardo Zalamea Borda (Ulises), quien en la presentación del relato escribió que García Márquez era el nuevo genio de la literatura colombiana; las ilustraciones del cuento estuvieron a cargo de Hernán Merino. A las pocas semanas apareció un segundo cuento: Eva está dentro de un gato.

En la Universidad Nacional permaneció sólo hasta el 9 de abril de 1948, pues, a consecuencia del "Bogotazo", la Universidad se cerró indefinidamente. García Márquez perdió muchos libros y manuscritos en el incendio de la pensión donde vivía y se vio obligado a pedir traslado a la Universidad de Cartagena, donde siguió siendo un alumno irregular. Nunca se graduó, pero inició una de sus principales actividades periodísticas: la de columnista. Manuel Zapata Olivella le consiguió una columna diaria en el recién fundado periódico El Universal.

El Grupo de Barranquilla

A principios de los años cuarenta comenzó a gestarse en Barranquilla una especie de asociación de amigos de la literatura que se llamó el Grupo de Barranquilla; su cabeza rectora era don Ramón Vinyes. El "sabio catalán", dueño de una librería en la que se vendía lo mejor de la literatura española, italiana, francesa e inglesa, orientaba al grupo en las lecturas, analizaba autores, desmontaba obras y las volvía a armar, lo que permitía descubrir los trucos de que se servían los novelistas. La otra cabeza era José Félix Fuenmayor, que proponía los temas y enseñaba a los jóvenes escritores en ciernes (Álvaro Cepeda Samudio, Alfonso Fuenmayor y Germán Vargas, entre otros) la manera de no caer en lo folclórico.

Gabriel García Márquez se vinculó a ese grupo. Al principio viajaba desde Cartagena a Barranquilla cada vez que podía. Luego, gracias a una neumonía que le obligó a recluirse en Sucre, cambió su trabajo en El Universal por una columna diaria en El Heraldo de Barranquilla, que apareció a partir de enero de 1950 bajo el encabezado de "La girafa" y firmada por "Septimus".

Con su hijo y su esposa
En el periódico barranquillero trabajaban Cepeda Samudio, Vargas y Fuenmayor. García Márquez escribía, leía y discutía todos los días con los tres redactores; el inseparable cuarteto se reunía a diario en la librería del "sabio catalán" o se iba a los cafés a beber cerveza y ron hasta altas horas de la madrugada. Polemizaban a grito herido sobre literatura, o sobre sus propios trabajos, que los cuatro leían. Hacían la disección de las obras de Defoe, Dos Passos, Camus, Virginia Woolf y William Faulkner, escritor este último de gran influencia en la literatura de ficción de América Latina y muy especialmente en la de García Márquez, como él mismo reconoció en su famoso discurso "La soledad de América Latina", que pronunció con motivo de la entrega del premio Nobel en 1982: William Faulkner había sido su maestro. Sin embargo, García Márquez nunca fue un crítico, ni un teórico literario, actividades que, además, no son de su predilección: él prefirió contar historias.

En esa época del Grupo de Barranquilla, García Márquez leyó a los grandes escritores rusos, ingleses y norteamericanos, y perfeccionó su estilo directo de periodista, pero también, en compañía de sus tres inseparables amigos, analizó con cuidado el nuevo periodismo norteamericano. La vida de esos años fue de completo desenfreno y locura. Fueron los tiempos de La Cueva, un bar que pertenecía al dentista Eduardo Vila Fuenmayor y que se convirtió en un sitio mitológico en el que se reunían los miembros del Grupo de Barranquilla a hacer locuras: todo era posible allí, hasta las trompadas entre ellos mismos.

También fue la época en que vivía en pensiones de mala muerte, como El Rascacielos, edificio de cuatro pisos, ubicado en la calle del Crimen, que alojaba también un prostíbulo. Muchas veces no tenía el peso con cincuenta para pasar la noche; entonces le daba al encargado sus mamotretos, los borradores de La hojarasca, y le decía: "Quédate con estos mamotretos, que valen más que la vida mía. Por la mañana te traigo plata y me los devuelves".
Los miembros del Grupo de Barranquilla fundaron un periódico de vida muy fugaz, Crónica, que según ellos sirvió para dar rienda suelta a sus inquietudes intelectuales. El director era Alfonso Fuenmayor, el jefe de redacción Gabriel García Márquez, el ilustrador Alejandro Obregón, y sus colaboradores fueron, entre otros, Julio Mario Santo domingo, Meira del Mar, Benjamín Sarta, Juan B. Fernández y Gonzalo González.

Periodismo y literatura

A principios de 1950, cuando ya tenía muy adelantada su primera novela, titulada entonces La casa, acompañó a doña Luisa Santiaga al pequeño, caliente y polvoriento Aracataca, con el fin de vender la vieja casa en donde él se había criado. Comprendió entonces que estaba escribiendo una novela falsa, pues su pueblo no era siquiera una sombra de lo que había conocido en su niñez; a la obra en curso le cambió el título por La hojarasca, y el pueblo ya no fue Aracataca, sino Macondo, en honor de los corpulentos árboles de la familia de las bombáceas, comunes en la región y semejantes a las ceibas, que alcanzan una altura de entre treinta y cuarenta metros.

En febrero de 1954 García Márquez se integró en la redacción de El Espectador, donde inicialmente se convirtió en el primer columnista de cine del periodismo colombiano, y luego en brillante cronista y reportero. El año siguiente apareció en Bogotá el primer número de la revista Mito, bajo la dirección de Jorge Gaitán Durán.

Duró sólo siete años, pero fueron suficientes, por la profunda influencia que ejerció en la vida cultural colombiana, para considerar que Mito señala el momento de la aparición de la modernidad en la historia intelectual del país, pues jugó un papel definitivo en la sociedad y cultura colombianas: desde un principio se ubicó en la contemporaneidad y en la cultura crítica. Gabriel García Márquez publicó dos trabajos en la revista: un capítulo deLa hojarasca, el Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo (1955), y El coronel no tiene quien le escriba(1958). En realidad, el escritor siempre ha considerado que Mito fue trascendental; en alguna ocasión dijo a Pedro Gómez Valderrama: "En Mito comenzaron las cosas".

En ese año de 1955, García Márquez ganó el primer premio en el concurso de la Asociación de Escritores y Artistas; publicó La hojarasca y un extenso reportaje, por entregas, Relato de un náufrago, el cual fue censurado por el régimen del general Gustavo Rojas Pinilla, por lo que las directivas de El Espectador decidieron que Gabriel García Márquez saliera del país rumbo a Ginebra, para cubrir la conferencia de los Cuatro Grandes, y luego a Roma, donde el papa Pío XII aparentemente agonizaba. En la capital italiana asistió, por unas semanas, al Centro Sperimentale di Cinema.

Rondando por el mundo

Cuatro años estuvo ausente de Colombia. Vivió una larga temporada en París, y recorrió Polonia y Hungría, la República Democrática Alemana, Checoslovaquia y la Unión Soviética. Continuó como corresponsal de El Espectador, aunque en precarias condiciones, pues si bien escribió dos novelas, El coronel no tiene quien le escriba y La mala hora, vivía pobre a morir, esperando el giro mensual que El Espectador debía enviar pero que demoraba debido a las dificultades del diario con el régimen de Rojas Pinilla. Esta situación se refleja en El coronel, donde se relata la desesperanza de un viejo oficial de la guerra de los Mil Días aguardando la carta oficial que había de anunciarle la pensión de retiro a que tiene derecho. Además, fue corresponsal de El Independiente, cuando El Espectador fue clausurado por la dictadura, y colaboró también con la revista venezolana Élite y la colombianísima Cromos.

Su estancia en Europa le permitió a García Márquez ver América Latina desde otra perspectiva. Le señaló las diferencias entre los distintos países latinoamericanos, y tomó además mucho material para escribir cuentos acerca de los latinos que vivían en la ciudad luz. Aprendió a desconfiar de los intelectuales franceses, de sus abstracciones y esquemáticos juegos mentales, y se dio cuenta de que Europa era un continente viejo, en decadencia, mientras que América, y en especial Latinoamérica, era lo nuevo, la renovación, lo vivo.

A finales de 1957 fue vinculado a la revista Momento y viajó a Venezuela, donde pudo ser testigo de los últimos momentos de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez. En marzo de 1958, contrajo matrimonio en Barranquilla con Mercedes Barcha, unión de la que nacieron dos hijos: Rodrigo (1959), bautizado en la Clínica Palermo de Bogotá por Camilo Torres Restrepo, y Gonzalo (1962). Al poco tiempo de su matrimonio, de regreso a Venezuela, tuvo que dejar su cargo en Momento y asumir un extenuante trabajo en Venezuela Gráfica, sin dejar de colaborar ocasionalmente en Élite.

Pese a tener poco tiempo para escribir, su cuento Un día después del sábado fue premiado. En 1959 fue nombrado director de la recién creada agencia de noticias cubana Prensa Latina. En 1960 vivió seis meses en Cuba y al año siguiente fue trasladado a Nueva York, pero tuvo grandes problemas con los cubanos exiliados y finalmente renunció. Después de recorrer el sur de Estados Unidos se fue a vivir a México. No sobra decir que, luego de esa estadía en Estados Unidos, el gobierno de ese país le denegó el visado de entrada, porque, según las autoridades, García Márquez estaba afiliado al partido comunista. Sólo en 1971, cuando la Universidad de Columbia le otorgó el título de doctor honoris causa, le dieron un visado, aunque condicionado.

Con el poeta cubano Eliseo Diego

Recién llegado a México, donde García Márquez residiría muchos años de su vida, se dedicó a escribir guiones de cine y durante dos años (1961-1963) publicó en las revistas La Familia y Sucesos, de las cuales fue director. De sus intentos cinematográficos el más exitoso fue El gallo de oro (1963), basado en un cuento del mismo nombre escrito por Juan Rulfo, y que García Márquez adaptó con el también escritor Carlos Fuentes. El año anterior había obtenido el premio Esso de Novela Colombiana con La mala hora.


La consagración

Un día de 1966 en que se dirigía desde Ciudad de México al balneario de Acapulco, Gabriel García Márquez tuvo la repentina visión de la novela que durante 17 años venía rumiando: consideró que ya la tenía madura, se sentó a la máquina y durante 18 meses seguidos trabajó ocho y más horas diarias, mientras que su esposa se ocupaba del sostenimiento de la casa.

En 1967 apareció Cien años de soledad, novela cuyo universo es el tiempo cíclico, en el que suceden historias fantásticas: pestes de insomnio, diluvios, fertilidad desmedida, levitaciones... Es una gran metáfora en la que, a la vez que se narra la historia de las generaciones de los Buendía en el mundo mágico de Macondo, desde la fundación del pueblo hasta la completa extinción de la estirpe, se cuenta de manera insuperable la historia colombiana desde después del Libertador hasta los años treinta del presente siglo. De ese libro Pablo Neruda, el gran poeta chileno, opinó: "Es la mejor novela que se ha escrito en castellano después del Quijote". Con tan calificado concepto se ha dicho todo: el libro no sólo es laopus magnum de García Márquez, sino que constituye un hito en Latinoamérica, como uno de los libros que más traducciones tiene, treinta idiomas por lo menos, y que mayores ventas ha logrado, convirtiéndose en un verdadero bestseller mundial.
Después del éxito de Cien años de soledad, García Márquez se estableció en Barcelona y pasó temporadas en Bogotá, México, Cartagena y La Habana. Durante las tres siguientes décadas escribiría cuatro novelas más y se publicarían tres volúmenes de cuentos y dos relatos, así como importantes recopilaciones de su producción periodística y narrativa.

En una imagen tomada en Bogotá, 1972

Varios elementos marcan ese periplo: se profesionalizó como escritor literario, y sólo después de casi 23 años reanudó sus colaboraciones en El Espectador. En 1985 cambió la máquina de escribir por el computador. Su esposa Mercedes Barcha siempre colocaba un ramo de rosas amarillas en su mesa de trabajo, flores que García Márquez consideraba de buena suerte. Un vigilante autorretrato de Alejandro Obregón, que el pintor le regaló y que quiso matar en una noche de locos con cinco tiros del calibre 38, presidía su estudio. Finalmente, dos de sus compañeros periodísticos, Álvaro Cepeda Samudio y Germán Vargas Cantillo, murieron, cumpliendo cierta predicción escrita en Cien años de soledad.

Premio Nobel de Literatura

En la madrugada del 21 de octubre de 1982, García Márquez recibió en México una noticia que hacía ya mucho tiempo esperaba por esas fechas: la Academia Sueca le otorgó el ansiado premio Nobel de Literatura. Por ese entonces se hallaba exiliado en México, pues el 26 de marzo de 1981 había tenido que salir de Colombia, ya que el ejército colombiano quería detenerlo por una supuesta vinculación con el movimiento M-19 y porque durante cinco años había mantenido la revista Alternativa, de corte socialista.

La concesión del Nobel fue todo un acontecimiento cultural en Colombia y Latinoamérica. El escritor Juan Rulfo opinó: "Por primera vez después de muchos años se ha dado un premio de literatura justo". La ceremonia de entrega del Nobel se celebró en Estocolmo, los días 8, 9 y 10 de diciembre; según se supo después, disputó el galardón con Graham Greene y Gunther Grass.

Dos actos confirmaron el profundo sentimiento latinoamericano de García Márquez: a la entrega del premio fue vestido con un clásico e impecable liquiliqui de lino blanco, por ser el traje que usó su abuelo y que usaban los coroneles de las guerras civiles, y que seguía siendo de etiqueta en el Caribe continental. Con el discurso "La soledad de América Latina" (que leyó el miércoles 8 de diciembre de 1982 ante la Academia Sueca en pleno y ante cuatrocientos invitados y que fue traducido simultáneamente a ocho idiomas), intentó romper los moldes o frases gastadas con que tradicionalmente Europa se ha referido a Latinoamérica, y denunció la falta de atención de las superpotencias por el continente. Dio a entender cómo los europeos se han equivocado en su posición frente a las Américas, y se han quedado tan sólo con la carga de maravilla y magia que se ha asociado siempre a esta parte del mundo. Sugirió cambiar ese punto de vista mediante la creación de una nueva y gran utopía, la vida, que es a su vez la respuesta de Latinoamérica a su propia trayectoria de muerte.
El discurso es una auténtica pieza literaria de gran estilo y de hondo contenido americanista, una hermosa manifestación de personalidad nacionalista, de fe en los destinos del continente y de sus pueblos. Confirmó asimismo su compromiso con Latinoamérica, convencido desde siempre de que el subdesarrollo total, integral, afecta todos los elementos de la vida latinoamericana. Por lo tanto, los escritores de esta parte del mundo deben estar comprometidos con la realidad social total.


Con motivo de la entrega del Nobel, el gobierno colombiano, presidido por Belisario Betancur, programó una vistosa presentación folclórica en Estocolmo. Además, adelantó una emisión de sellos con la efigie de García Márquez dibujada por el pintor Juan Antonio Roda, con diseño de Dickens Castro y texto de Guillermo Angulo, a propósito de la cual el Nobel colombiano expresó: "El sueño de mi vida es que esta estampilla sólo lleve cartas de amor".
Desde que se conoció la noticia de la obtención del ambicionado premio, el asedio de periodistas y medios de comunicación fue permanente y los compromisos se multiplicaron. Sin embargo, en marzo de 1983 Gabo regresó a Colombia. En Cartagena lo esperaban doña Luisa Santiaga Márquez de García, en su casa del Callejón de Santa Clara, en el tradicional barrio de Manga, con un suculento sancocho de tres carnes (salada, cerdo y gallina) y abundante dulce de guayaba.

Después del Nobel, García Márquez se ratificó como figura rectora de la cultura nacional, latinoamericana y mundial. Sus conceptos sobre diferentes temas ejercieron fuerte influencia. Durante el gobierno de César Gaviria Trujillo (1990-1994), junto con otros sabios como Manuel Elkin Patarroyo, Rodolfo Llinás y el historiador Marco Palacios, formó parte de la comisión encargada de diseñar una estrategia nacional para la ciencia, la investigación y la cultura. Pero, quizás, una de sus más valientes actitudes fue el apoyo permanente a la revolución cubana y a Fidel Castro, la defensa del régimen socialista impuesto en la isla y su rechazo al bloqueo norteamericano, que sirvió para que otros países apoyasen de alguna manera a Cuba y evitó mayores intervenciones de los estadounidenses.


Tras años de silencio, en 2002 García Márquez presentó la primera parte de sus memorias, Vivir para contarla, en la que repasa los primeros treinta años de su vida. La publicación de esta obra supuso un acontecimiento editorial, con el lanzamiento simultáneo de la primera edición (un millón de ejemplares) en todos los países hispanohablantes. En 2004 vio la luz su novela Memorias de mis putas tristes. Tres años después recibió sentidos y multitudinarios homenajes por doble motivo: sus 80 años y el 40º aniversario de la publicación de Cien años de soledad. Falleció el 17 de abril de 2014 en la ciudad de México, tras de una recaída en el cáncer linfático por el que ya había sido tratado en 1999. 


A continuación, hallarás las obras de nuestro Nobel de Literatura:


1955.- “La hojarasca
1961.- “El coronel no tiene quien le escriba
1962.- “La mala hora
1962.- “Los funerales de la Mamá Grande
1967.- “Cien años de soledad
1968.- “Isabel viendo llover en Macondo
1968.- “La novela en América Latina: Diálogo” (junto a M. Vargas Llosa)
1970.- “Relato de un náufrago
1972.- “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada
1972.- “Ojos de perro azul
1972.- “El negro que hizo esperar a los ángeles
1973.- “Cuando era feliz e indocumentado
1974.- “Chile, el golpe y los gringos
1975.- “El otoño del patriarca
1975.- “Todos los cuentos de Gabriel García Márquez: 1947-1972
1976.- “Crónicas y reportajes
1977.- “Operación Carlota
1978.- “Periodismo militante
1978.- “De viaje por los países socialistas
1978.- “La tigra
1981.- “Crónica de una muerte anunciada
1981.- “Obra periodística
1981.- “El verano feliz de la señora Forbes
1981.- “El rastro de tu sangre en la nieve
1982.- “El secuestro: Guión cinematográfico
1982.- “Viva Sandino
1985.- “El amor en los tiempos del cólera
1986.- “La aventura de Miguel Littín, clandestino en Chile
1987.- “Diatriba de amor contra un hombre sentado: monólogo en un acto
1989.- “El general en su laberinto
1990.- “Notas de prensa, 1961-1984
1992.- “Doce cuentos peregrinos
1994.- “Del amor y otros demonios
1995.- “Cómo se cuenta un cuento
1995.- “Me alquilo para soñar
1996.- “Noticia de un secuestro
1996 – “Por un país al alcance de los niños
1998.- “La bendita manía de contar
1999.- “Obra periodística (1974-1995)"
2002.- “Vivir para contarla”
2004.- “Memoria de mis putas tristes”
2010.– “Yo no vengo a decir un discurso”
2014.- Se ha anunciado la publicación póstuma de su libro inédito "En agosto nos vemos"

20 frases célebres de Gabriel García Márquez

Pensamientos que quedaron plasmados en la monumental obra de un inmortal de nuestra literatura.

Tomado de: El Colombiano, Medellín, publicado el 17 de abril de 2014

"El día en que la mierda tenga algún valor los pobres nacerán sin culo”.
El otoño del patriarca.

“Yo creo que todavía no es demasiado tarde para construir una utopía que nos permita compartir la tierra”.
La mala hora

“Le rogó a Dios que le concediera al menos un instante para que él no se fuera sin saber cuánto lo había querido por encima de las dudas de ambos, y sintió un apremio irresistible de empezar la vida con él otra vez desde el principio para decirse todo lo que se les quedó sin decir, y volver a hacer bien cualquier cosa que hubieran hecho mal en el pasado”.
El amor en los tiempos del cólera.

“Pues bien: todo eso es cierto, pero circunstancial”, dijo, “porque todo lo he hecho con la sola mira de que este continente sea un país independiente y único, y en eso no he tenido ni una contradicción ni una sola duda”. Y concluyó en caribe puro: “¡Lo demás son pingadas!”.
El General en su laberinto.

“La vida no es la que uno vivió sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”.
Vivir para contarla.

“El oficio de escritor es tal vez el único que se hace más difícil a medida que más se practica. La facilidad con que yo me senté a escribir aquel cuento una tarde no puede compararse con el trabajo que me cuesta ahora escribir una página”.
Cómo comencé a escribir, en Yo no vine a decir un discurso, recopilación de discursos del Nobel, 2010.

“Su nerviosismo era manifiesto cuando el profesor Gyllensten habló en sueco antes de volverse al colombiano costeño que se puso en pie y miró ante el mundo entero con los mismos ojos relucientes de aquel desventurado muchacho del colegio San José de Barranquilla (...)”.
Gerald Martin, en el libro Gabriel García Márquez, una vida.

“Desde antes de que empezara la matanza política ella pasaba las lúgubres mañanas de octubre frente a la ventana de su cuarto, compadeciendo a los muertos y pensando que si Dios no hubiera descansado el domingo habría tenido tiempo de terminar el mundo”.
La soledad de América Latina. Discurso de aceptación del Nobel.

“... Se tendieron en la cama, uno al lado del otro, y compartieron sus rencores, mientras el mundo se apagaba y solo iba quedando el cositeo del comején en el artesonado”.
Del amor y otros demonios.

“Pero nunca se sintió bien entre los ricos. Solía pensar en ellos, en sus mujeres feas y conflictivas, en sus tremendas operaciones quirúrgicas, y experimentaba siempre un sentimiento de piedad”. La prodigiosa tarde de Baltazar.
Los Funerales de Mama Grande.

“De pronto notó que se le había derrumbado su belleza, que llegó a dolerle físicamente como un tumor o como un cáncer. Todavía recordaba el peso de ese privilegio que llevó sobre su cuerpo durante la adolescencia y que ahora había dejado caer (...)”.
Cuento Eva está dentro de su gato.

“La novela es como el matrimonio: se lo puede ir arreglando todos los días, y el cuento es como el amor: si no sirvió, no sirvió”.
Gabriel García Márquez, una vida, de Gerald Martin.

“El periodismo es una pasión insaciable que solo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad”.
El mejor oficio del mundo, discurso ante la asamblea número 52 de la SIP.

“El coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder: -Mierda”.
Final de El coronel no tiene quien le escriba.

“Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo la tierra”.
Cien años de soledad.

“Era lo último que iba quedando de un pasado cuyo aniquilamiento no se consumaba, porque seguía aniquilándose indefinidamente, consumiéndose dentro de sí mismo, acabándose a cada minuto, pero sin acabar de acabarse jamás”.
Cien años de soledad.

(Realiza un breve comentario, a manera de Perfil, sobre Gabriel García Márquez, en el que destaques aspectos importantes de la personalidad de nuestro Nobel de literatura, su rol, su influencia en la literatura universal, su tránsito por las corrientes literarias en las que movilizó su extensa, original e ingeniosa obra literaria).

EN EL SIGUIENTE ENLACE PODRÁS IDENTIFICAR ALGUNOS PERFILES A GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ


Tomado de: Perfil a Gabriel García Márquez


En palabras de Gabriel García Márquez:
Yo, señor, me llamo Gabriel García Márquez. Lo siento: a mí tampoco me gusta ese nombre, porque es una sarta de lugares comunes que nunca he logrado identificar conmigo. Nací en Aracataca, Colombia. Mi signo es Piscis y mi mujer es Mercedes. Esas son las dos cosas más importantes que me han ocurrido en la vida, porque gracias a ellas, al menos hasta ahora, he logrado sobrevivir escribiendo.
Soy escritor por timidez. Mi verdadera vocación es la de prestidigitador, pero me ofusco tanto tratando de hacer un truco, que he tenido que refugiarme en la soledad de la literatura. Ambas actividades, en todo caso, conducen a lo único que me ha interesado desde niño: que mis amigos me quieran más.
En mi caso el ser escritor es un mérito descomunal porque soy muy bruto para escribir. He tenido que someterme a una disciplina atroz para terminar media página en ocho horas de trabajo. Peleo a trompadas con cada palabra, y casi siempre es ella la que sale ganando. [...]
(Fragmento, en Retratos y autorretratos, de Sara Facio y Alicia D’Amico).
Dice Belisario Betancur, expresidente de Colombia
Las cartas de amor 
Cada lector de los millones de lectores de la ya cuarentona pero siempre joven Cien años de soledad, tiene su propia imagen de Gabriel García Márquez. Éste recuerda al periodista de veinte años que dejó el estudio del derecho justiniano de las Pandectas por irse detrás de Faulkner. Aquel gusta más de Isabel viendo llover en Macondo que de el coronel que no tenía quien le escriba. Y el de más allá adora las notas de La Cueva de Barranquilla con Fuenmayor, Cepeda y el sabio catalán Vinyes, más que las que le corregía con un lápiz rojo Clemente Manuel Zabala en El Universal de Cartagena. Pero todos los correligionarios de la secta macondiana preferimos el Gabo de Cien años de soledad que Germán Santamaría, la revista Diners de Bogotá y feligreses del mundo entero exaltan y alaban con inciensos góticos y barrocos. 
A mi vez tengo un personal y secreto García Márquez. ¡Vanitas vanitatum et omnia vanitas! Sí, lo digo y lo escribo con alarde jactancioso, mi Gabo es aquel que cuando recibía el Premio Nobel en Estocolmo y oyó que desde Colombia le contábamos del lanzamiento de un sello de correos con su vera efigie, me comentó: “Oye, espero que con esa estampilla sólo se envíen cartas de amor”.
Bogotá, febrero de 2007.
Paul Auster
Paul Auster (Newark, Nueva Jersey, 1947). Es el más importante y famoso exponente de la nueva generación de narradores norteamericanos. Autor de más de diez celebradas novelas, entre ellas La trilogía de Nueva York y Brooklyn Follies. Premio Médicis 1993 por su novela Leviatán, y Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2006. Anagrama acaba de publicar en España el 1 de febrero su más reciente ficción, Viaje por el scriptorium.
Un recuerdo
Era la primavera de 1970. Yo llevaba veintitrés años escribiendo y traduciendo poemas, escribiendo ensayos y reseñas y también soñando que algún día fuera capaz de escribir novelas. Para ese entonces ya había leído a casi todos los maestros del siglo veinte Joyce y Proust, Kafka y Beckett, Faulkner y Nabokov, Fitzgerald y Céline y me estaba sintiendo un poco presionado. ¿Cómo es posible que una persona se pueda escapar de la sombra de esos gigantes?
Un día cualquiera leí una reseña muy entusiasta de una novela de un escritor de América del Sur cuyo nombre me era desconocido. En ese momento, hace treinta y siete años, comprar libros de pasta dura era una extravagancia que difícilmente podía pretender, pero mi curiosidad fue despertada de una manera tan fuerte que me lancé a la calle a comprar el libro. Comencé a leer Cien años de soledad en las primeras horas de la tarde y no pude dejarlo hasta que lo terminé de leer en ese mismo día por la noche. Tenía en mi poder algo nuevo y fresco y al mismo tiempo hipnotizador: una creación poética, una voz, una sensibilidad que no se parecía a nada de lo que había descubierto hasta entonces. Y esa novela de Gabriel García Márquez, traducida de manera magistral por Gregory Rabassa, contenía todas las virtudes de la escuela tradicional, las cuales pueden resumirse en una sola frase: el amor por el cuento. 
Ese amor es el que genera placer en el lector, el sentido de asombro y alegría que nos cobija cada vez que tropezamos con uno de esos libros raros que cambian la manera como observamos el mundo, que nos exponen a las infinitas posibilidades de lo que un libro puede llegar a ser.
Todo lector apasionado ha tenido esa experiencia, y cada vez que sucede entendemos que los libros son un mundo aparte y que ese mundo es mejor y más rico que cualquiera otro que hayamos visitado con anterioridad. Ésta es la primera razón por la cual nos convertimos en lectores. Por eso es por lo que nos apartamos de las vanidades del mundo material y empezamos a amar los libros por encima de todas las cosas.
-Traducción Javier Castaño, N.Y.
John Updike
John Updike (Pennsilvania, 1932). Uno de los mayores escritores vivos de Estados Unidos, ganador de dos premios Pulitzer y legendario cronista de la revista The New Yorker. Autor de quince novelas, entre ellas la famosa saga iniciada con Corre, conejo; Las brujas de Eastwick, La belleza de los lirios y Busca mi rostro.
Intrépida imaginación
A Gabriel García Márquez le pertenecen el orgullo y el placer de la creación. Antes que cumpliera cuarenta años escribió un libro que rápida y ampliamente fue acogido como una obra maestra, un trabajo muy original que se volvió ineludible. Sólo en retrospectiva es que sus primeros trabajos viajes cortos, morbosos y fantásticos de su intrépida imaginación pueden ser reconocidos como gérmenes de lo grandioso, anticipaciones de Cien años de soledad.
La población de Macondo, oscura, estancada, y aun de vida intensa, juega el papel de metáfora para toda América Latina con el realismo mágico como el método perfecto. Con exuberancia y de manera directa, intrincada y casual, la prosa se desata como si un mago usara su hechizo para abrir el aposento de la experiencia humana. Una frescura primaveral formó parte del milagro de haber descubierto un Nuevo Mundo ya decadente y saqueado aunque aún reciente, con ese primer párrafo en el cual aprendimos que “muchas cosas no tenían nombre y con el fin de nombrarlas era necesario señalarlas”.
Obtener el éxito extremo muy temprano en la vida puede llegar a ser una carga, pero García Márquez después de Cien años de soledad continuó innovando con su ficción, y ninguno de sus libros se asemeja a otro: ni los intrincados e inmensos párrafos de El otoño del patriarca, retrato amargo y compasivo de un tirano en Latinoamérica; ni la rápida y deprimente novela Crónica de una muerte anunciada; ni el romance tierno y prolongado de El amor en los tiempos del cólera; ni la misteriosa y angustiada historia de ficción de Del amor y otros demonios; ni el periodismo mágico, como llegó a serlo, de Relato de un náufrago; ni diversos volúmenes de su autobiografía poetizada; ni su más reciente Memoria de mis putas tristes, de menos de cien páginas pero repletas de un sentimiento lúgubre. Todas estas invenciones y mutaciones de método son características de una prosa que, habiendo sido traducida a un inglés hábil, tienen la fuerza, la dignidad y la economía flaubertiana, el ímpetu de le mot juste que llega sin apuro ni ostentación.
Dos cualidades contradictorias distinguen la imagen que García Márquez proyecta sobre el mundo de la escena literaria: una gran movilidad afectuosa y solemnidad en el propósito, que nos recuerda a Camus y Hemingway; y ese buen humor olímpico que utiliza un surrealismo sereno para describir la tragedia de la comedia humana.
-Traducción Javier Castaño, N.Y.
Gay Talese
Mis dos encuentros con García Márquez
Toda mi vida (y solamente soy cinco años menor que Gabriel García Márquez) él ha representado para mí y para millones de estadounidenses y de lectores de todo el mundo los niveles más altos de la literatura y nos ha deslumbrado con su inventiva y sabiduría universal. García Márquez es de esos raros ganadores del Premio Nobel cuya elección fue recibida en todas partes con aclamación, sin dejar duda alguna de que posee la grandeza para haber merecido la distinción más apetecida.
He tenido el honor de que nuestros caminos se hayan cruzado de manera inesperada en mis viajes por el mundo. La primera vez que nos cruzamos fue durante mi visi- ta a La Habana en enero de 1981, y luego lo vi en Roma mientras caminaba por la piazza. Conversamos por breves instantes. Y aprovechando la oportunidad le pregunté si podía firmar su nombre en una libreta que yo llevaba en ese momento. Luego, de regreso a Nueva York, donde vivo, pegué su dedicatoria en mi edición de Cien años de soledad. Considero a este documento una de mis posesiones más preciadas.
-Traducción Javier Castaño, N.Y.
Norman Mailer
(Nueva Jersey, 1923). Fallecidos Faulkner, Hemingway y Capote, Mailer es el escritor vivo que funge como el Papa de la literatura y el periodismo norteamericanos. A sus 84 años aún es el rebelde y el irreverente en sexo, boxeo y otros menesteres. Es una leyenda viva. Su novela mayor es Los desnudos y los muertos, y la última que acaba de aparecer en Nueva York, El castillo en el bosque, tiene más de mil páginas y aborda la niñez de Hitler.

Por esto no es fácil trabajar sobre un tópico de grandes dimensiones. En la actualidad sólo hay un escritor vivo que creo que puede manejar lo que he descrito cuarenta o cincuenta personajes y cien años: Gabriel García Márquez. Cien años de soledad es una obra absolutamente sorprendente. García Márquez consiguió hacerlo. Ignoro cómo. En mi novela egipcia, aunque es muy larga, no sucede tanto. Como ya dije, me cuesta diez páginas eludir una trampa en el Nilo.
Gregory Rabassa
(Nueva York, 1922). Hijo de padre cubano y madre norteamericana, tradujo al inglés Cien años de soledad (en 1970) y otras obras de García Márquez y es uno de los mejores conocedores de la literatura del boom latinoamericano, de la que ha “interpretado” –como él dice– al inglés más de treinta libros, entre ellos Rayuela de Cortázar.

El gran Gabo

Hace más de cien años la poesía hispanoamérica- na fue rescatada del aburrimiento del colonialismo por Rubén Darío y su grupo de excelentes poetas que crearon el movimiento llamado modernismo, sólo comparado con sus contemporáneos france- ses pero con muchas más variaciones y campo de acción. Ahora en nuestro tiempo estamos celebrando los ochenta años de Gabriel García Márquez, quien ha hecho por la ficción hispanoamericana lo que Rubén Darío hizo por la poesía. En ausencia de un mejor término para describir lo que se ha denominado el realismo mágico, y sin importar la manera como lo describamos, el trabajo del Gran Gabo no sólo ha definido a Latinoamérica sino que también ha rescatado la novela a escala mundial de su torpe esfuerzo en busca de dirección. El siglo veinte, que en sus primeros años perteneció a Proust y Joyce, en sus años maduros le pertenece a García Márquez. Muchos años atrás, alguien que decía llamarse Avellaneda emprendió la tarea de escribir la secuela de Don Quijote y falló miserablemente. Hubo otros que perecieron en intentos similares. La lengua española, esculpida muy bien por Cervantes, tuvo que esperar hasta que llegara García Márquez a moldearla tan bien como lo había hecho su primer maestro. No hay necesidad de obtener muestras de ADN para probar que Cien años de soledad es la heredera de Don Quijote o darse cuenta de que el pueblo que Cervantes no quiso recordar, pudo muy bien haber sido Macondo. 
Fue para mí un gran honor y un privilegio haber recibido la tarea de traducir esta gran novela al inglés, y al parecer todo terminó muy bien. Cuando he recibido alabanzas por mi traducción, siempre he dicho que sólo transcribí al único inglés posible aquello que Gabo había escrito y se había escondido detrás de su perfecto español. De alguna forma sabía qué palabras estaban allí. Así escribe de bien. De manera paralela a su gran trabajo, García Márquez también ha hecho un excelente servicio en guiar a sus coterráneos de regreso a los senderos que Cervantes había trazado para ellos. Todo el novedoso y buen trabajo de ficción que sale de Hispanoamérica (y de España) puede casi siempre remontarse hasta estos dos maestros.
-Traducción Javier Castaño, N.Y.
 Jon Lee Anderson
Jon Lee Anderson (California, 1957). Es uno de los mayores exponentes en el mundo del llamado periodismo literario. Cronista estrella de The New Yorker, la revista de la intelectualidad norteamericana. Famoso por sus grandes perfiles de Fidel Castro, Augusto Pinochet y Saddam Hussein. Autor de siete libros, el último de ellos Che Guevara, que acaba de llegar a las librerías de Colombia.
El poder universal de la palabra de Gabo
Hace poco, durante el primer Carnaval de las Artes en Barranquilla, participé en una tertulia agradable en el Teatro Amira de la Rosa con la presentadora Patricia Janiot.
Al terminar nuestra charla, un señor se paró y pidió el uso de la palabra. Tenía una expresión muy grave y el tono de su voz era severo. Explicó que estaba molesto por la forma en que yo había tratado a su pueblo natal, Ciénaga, en el perfil de Gabriel García Márquez que escribí hace unos ocho años. El señor leyó el extracto relevante del perfil en que describí a Ciénaga como un lugar fétido, maloliente y lleno de basura, clavado en medio de un manglar muerto y desolado. También leyó la parte donde cité a mi taxista, Hermes, quien me había asegurado con vehemencia que Ciénaga no sólo era el escenario de la famosa matanza de 1928 (la masacre de trabajadores huelguistas de la bananera gringa United Fruit) que fue consagrada por García Márquez en Cien años de soledad, sino también el lugar “donde comenzaron todos los males de Colombia”. Según Hermes, “La guerrilla, los paramilitares, toda la violencia –todo lo que estamos sufriendo ahora– viene de allá”.
Con voz airada, el ofendido señor de Ciénaga me informó que mi descripción de su pueblo natal distaba mucho de su percepción de su querido pueblo, y agregó que la Unesco tampoco lo veía como yo porque había declarado a Ciénaga Patrimonio de la Humanidad por su riqueza de bella arquitectura republicana. Con eso, el airado señor se dio media vuelta, y con elegante compostura se marchó del teatro.
El episodio me causó cierta reflexión. Había sido algo cómico por un lado, y por otro, un poco incómodo. De pronto sentí la carga de respon- sabilidad de alguien que con unas pocas líneas plasmadas sobre el papel había condenado para la posteridad a un pueblo que ya había sido más que maltratado por la historia. El insulto agregado eran, por supuesto, las afirmaciones tan barrocamente malévolas de Hermes, que claro está, había incluido en mi relato no porque las compartiera porque no me constaban sino porque reflejaban el poder del imaginario de un solo individuo en torno de su país y su realidad. El hecho de que Hermes viera a Ciénaga como el máximo eje del mal colombiano demostraba elocuentemente el poder no de una realidad sino de una realidad percibida. No importaba que fuera cierto o no, lo que im- portaba era que Hermes lo creía. Genialmente y de golpe sentí que incursionaba en ese territorio que existe entre lo real y lo imaginario que había dado fruto a Macondo. Y me ayudó a entender a García Márquez y el mundo que lo había nutrido. Quizás no fui muy justo con Ciénaga en mi artículo, pero es que no podía ver a ese pueblo sino a través de los ojos de Hermes, y antes, de los de Gabo. Si no hubiera sido por Gabo, Ciénaga sencillamente no habría existido para mí, y probablemente no la habría mencionado en mi texto. Y con toda seguridad, creo que Hermes tampoco. Habríamos pasado de largo por ese pueblo y sin ningún comentario más allá de lo malo que olía y el penoso aspecto de su manglar arruinado.
El perfil que escribí sobre García Márquez se titulaba “El poder de Gabo”, con un enfoque sobre su actividad política y su relación con el poder, tanto en su literatura como en la vida real. Pero al final (y para eso quizás vale la anécdota sobre Ciénaga) la experiencia de adentrarme en su mundo me dejó algo muy importante. A través de Gabo descubrí como nunca el increíble poder de la palabra escrita. Macondo existe y existirá siempre porque Gabo lo vivió, lo imaginó, lo escribió y le dio vida para siempre.